Entrevista a Jerónimo Moya

Jerónimo MoyaEntrevista a Jerónimo Moya, autor de La ceguera de Almar.

¿Cuándo empezaste a escribir? ¿Quién te inspiró a hacerlo?

Por naturaleza, personalidad o mentalidad siempre he vivido muy, en ocasiones demasiado, inclinado a la imaginación, sea desde una perspectiva racional o ensoñadora. Desde niño he encontrado en los libros un espacio preferente, un lugar en el que me siento feliz. Quizá por ello empecé a escribir muy pronto, alrededor de los diez años. En aquella época leía autores como Salgari, Blyton, Verne, Burroughs…, y muy especialmente Crompton, y trataba de imitarlos componiendo mis propias historias. Más tarde, en tiempos de adolescencia y juventud, mis lecturas se adaptaron a las nuevas etapas y también lo hizo lo que escribía. Andábamos por los años 70 y por entonces entraba en una cierta lógica inclinarse hacia lo crítico-social. Aquellos esfuerzos, si así puede llamárseles, han quedado no sé si feliz o lamentablemente perdidos, excepto la historia tragicómica de un príncipe asiático. Tras un paréntesis de unos diez años volví a sentir el impulso de escribir y el resultado fue La encina, que supuso mi primera novela publicada y el germen de la que ahora presento.

¿Por qué esta obra? ¿Qué te propones con ella?

En las preguntas que la editorial me envió en relación a mi anterior novela, La atalaya de los libros, escribí que cuando inicias cualquier novela la redacción acaba imponiendo su propia lógica, y aunque los argumentos parezcan distintos, en el fondo responden a ideas que a través de un tema u otro, con pocos o muchos matices, se repiten. Todos tenemos, o así debería ser, una forma particular de calibrar lo que nos rodea y de responder ante ello, y es difícil de escapar de esta dialéctica, incluso se diría que hacerlo resultaría artificioso. A ello añadiría que, en este caso, esa idea responde a lo que alguna novela he llamado «el dedo ciego de Dios». De una forma esquemática dicho dedo juega con unas reglas que no siempre son justas y en no pocos casos llegan a la crueldad. Basta con un segundo de lo que se conoce por mala suerte, o directamente desgracia, para que una vida se rompa, sea física o moralmente. Un segundo o un gen, un simple gen es suficiente para transformar un futuro prometedor en una travesía de dureza a valorar. La vida, se dijo, se construye a través de detalles y muchos de esos detalles resultan caprichosos e incontrolables. Ese es el dedo de Dios. La célebre frase de Heráclito «El destino de un hombre es su carácter», entendiendo carácter en un sentido muy amplio, incluso sumándole la circunstancia orteguiana, es un bello planteamiento para la reflexión individual, no una sentencia colectiva, y quizá así debería tomarse. En ocasiones esta relativa falsedad, cuando se da, llega demasiado lejos desde un punto de vista sentimental. Mucho de ello tiene la ceguera de uno de los protagonistas, el que da nombre al libro.

¿Qué recomendarías al lector antes de comenzar a navegar por las páginas de esta obra?

Lo de siempre, que trate de empatizar con los personajes, de comprender su papel en la historia, el porqué de su presencia, de sus actos, de sus palabras. Un personaje no deja de ser una ficción, en el mejor de los casos compleja, que pretende reflejar alguna de las realidades que nos rodean. A través de ellos se desarrolla la idea. Lo mismo sucede con el marco en el que se desenvuelven. Que dicha idea y su desarrollo, así como quienes nos la muestran y la forma en que lo hacen, interesen o no, ya depende de cada cual. Por fortuna, todos, incluyendo sensibilidades e intereses, somos diferentes.

¿Qué nos puede aportar la lectura de La ceguera de Almar?

En este punto es imposible generalizar. Es un tópico decir que una vez un escritor concluye su obra esta pasa a ser del lector, pero que sea un tópico no invalida que pueda ser cierto. Solo desde el punto de vista de las aspiraciones me veo capaz de hacer alguna concreción. Por ejemplo, quisiera que a los posibles lectores el ritmo del lenguaje les resultara atrayente, que se interesaran por la trama, que aceptaran como parte de la propia novela esa especie de melancolía de fondo con la que he tratado de cohesionarla y también que comprendieran, con cuantos matices se desee, la idea central, que reflexionaran, cada cual a su manera, sobre ella.

¿Qué escritor o escritores te han inspirado más como lector y por qué?La ceguera de Almar

Como indiqué en la anterior entrevista, de niño fui un fervoroso lector de los libros de Ritchmal Cropmton. La compañía que me dio su personaje, Guillermo, en mi infancia me resultó impagable. Al margen, la nómina sería muy amplia y se ha ido matizando con el tiempo, pero si he de citar un solo escritor, no tengo demasiadas dudas: José Saramago. Su estilo, su equilibrio entre la ética y la estética, tan próximas en su caso en ocasiones, raya a un nivel admirable. Asimismo, siento una profunda inclinación hacia algunos novelistas norteamericanos, por ejemplo: Faulkner, Dos Passos, Steinbeck, Capote, Ford, Roth… De entre los españoles, Miguel de Unamuno. Le dediqué cinco años para elaborar mi tesis doctoral, de lo que no me arrepiento, y ello evidencia lo que le valoraba y le valoro. Al igual que Saramago y por fortuna muchos otros, son lo que se llamaría escritores íntegros. De cualquier forma, me repito, la lista sería muy amplia.

¿Cómo surgió la idea de escribir sobre esta leyenda?

Supongo que surge en el momento en que coincide algo que llevas en tu interior con una determinada situación, sea un lugar, una persona, una situación, una noticia… En este caso la coincidencia se dio hace muchos años, pues esta historia ha pasado por diferentes etapas. Un cuento juvenil, una novela veinte años después (la citada La encina) y la conciencia de que había quedado incompleta en su día.

En síntesis, hacia los veinte años, paseando con un amigo por un bosque nos encontramos con las ruinas de lo que debió ser tiempo atrás una auténtica mansión. Como nos suele suceder a algunos, es difícil evitar pensar en la vida que debió albergar. Entre mis fantasías tomó forma la imagen de un niño, hijo de algún gran señor que asistió impotente, desesperado, al derrumbe del poder de su familia. Es de suponer que aquellas fantasías reanimaron el citado concepto de «el dedo de Dios», con el que ya por entonces yo convivía, y el resto surgió solo.

¿Dónde te has inspirado para crear los escenarios que aparecen en la obra?

El escenario no existe en la realidad, surge del mismo lugar que la propia historia, es decir, de la imaginación. Sin embargo, sin duda hay una suma de paisajes repartidos por el mundo a los que he tenido la fortuna de acceder. Paisajes que transmitían sensaciones como la soledad y el olvido, la magnificencia y la pobreza, la suavidad y la aspereza. Lugares abiertos como las planicies y cerrados como los bosques. Quizá es una suma de todos ellos, o como se dice actualmente, una sinergia.

¿Qué nos contarías del ciego Almar?

Almar es el último señor de un lugar llamado La Cumbre, la mansión desde la que su familia ha dominado durante siglos un valle de límites indefinidos. Su ceguera es real y al tiempo simbólica, y es que en ocasiones el deseo impide reconocer y sobre todo comprender la realidad. Es lo que se llama un hombre de orígenes y de destinos, siempre deambulando por tiempos que parecen alejarse del presente. Su papel en la novela, siendo trascendente, de ahí que le dé nombre, tiene la función de crear un fondo al tiempo real y alegórico, al igual que sucede con la mansión, los bosques que la rodean o el valle, un fondo sobre el que transitan los dos personajes principales, el niño y el ama que lo cuida.

¿Qué método utilizas a la hora de escribir?

En general parto de la idea global y la desarrollo según las intuiciones de cada momento. Se trata de un método que obliga a un mínimo de cuatro revisiones, o correcciones, antes de resignarse a dar el texto como definitivo. Sin embargo, en este caso las circunstancias han sido diferentes. He indicado anteriormente, que hace casi veinte años se publicó lo que podríamos llamar una primera redacción de la historia. Y así hubiese quedado si, tras decirle a mi compañera que la redactaría de otra forma porque veía la historia desde otro ángulo y con una redacción diferente, ella no hubiese tenido la formidable paciencia de copiarla en Word, ya que, aunque resulte extraño, yo no guardaba ninguna copia que no fuese en soporte de papel. Fue un gran regalo «envenenado» que me obligó a cumplir con los deseos manifestados, de lo cual me complazco, por supuesto. Así pues, he trabajado sobre un andamiaje ya establecido. Por establecer paralelismos, ha sido más reformar y decorar el edificio que construirlo.

Valora cómo ha sido tu experiencia con Editorial Calíope.

Esta es la segunda novela que publico en esta editorial, y en ambas ocasiones la experiencia ha sido similar, muy positiva. Al margen de que aceptaran mi novela, en primer lugar debo decir que te sientes respetado, lo que para quienes no pertenecemos al mundo de los mediáticos y/o algo semejante a consagrados, sea por su valía o por las ventas, es de agradecer. No es inusual que ante el envío de un original no haya respuesta, lo despachen con un simple no nos interesa o que lo acepten siempre que tú te hagas cargo de la totalidad de los gastos. Lo primero y lo segundo puede molestar o desanimar, lo tercero, cuando ya has publicado otros libros, sean novelas o no, lo descartas por varias razones, la más importante es porque sabes que ese desinterés real se traduce en un abandono absoluto de la difusión de tu novela. Aunque en la búsqueda del cliente indiquen lo contrario y lleguen al elogio, en realidad no valoran tu trabajo. Por fortuna, creo que esta editorial se mueve en unos parámetros distintos, más equilibrados entre el necesario negocio editorial y el interés por los libros y por quienes los escriben. Los que no somos ni mediáticos ni nos han consagrado, y reconociendo que resulta difícil abordar otras fórmulas de publicación mientras no aseguremos un mínimo de ventas, nos encontramos cómodos trabajando con ella, apoyados. Al menos así lo siento yo.

 

 

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